El gran problema que vive el hombre contemporáneo es
el de enajenación o alienación. Las condiciones económicas, sociales,
políticas y culturales están de tal manera diseñadas para que el
individuo viva en un constante autoenajenamiento lo que gradualmente lo
va llevando a la adquisición de ciertas psicopatologías, siendo quizá
la más importante y la menos estudiada, la que se refiere al alma o al
espíritu.
a) La alienación en Hegel, Feuerbach y Marx
Por lo que toca al sujeto de la enajenación,
mientras en Hegel es la Idea (o espíritu), y en Feuerbach es el hombre
en general, en Marx es el obrero también en general. La actividad en
que se enajena este sujeto es espiritual en Hegel, ya sea la del
Espíritu en cuanto tal o la del hombre como espíritu; en Feuerbach, se
trata ya de una actividad humana, la actividad de la conciencia; en el
joven Marx, es el trabajo. Pero en Hegel o en Feuerbach se trata de una
actividad teórica (de autoconocimiento del Espíritu en Hegel, o de
conciencia de sí del hombre en Feuerbach); en Marx la actividad en la
que el obrero se enajena es práctica, material: es el acto de la
producción (Sánchez Vázquez, 2003).
En los tres autores encontramos la
objetivación del sujeto; pero mientras que en Hegel esta objetivación
tiene un carácter universal (la objetividad es natural, histórica o
cultural), en Feuerbach se trata de la objetivación del sujeto en un
producto de su conciencia (Dios), en tanto que en Marx se trata de la
objetivación práctica material del sujeto en los productos de su
trabajo. Así, pues, en los tres casos la enajenación es siempre
objetivación del sujeto en un producto suyo (de diverso carácter: en
Hegel, se trata siempre en definitiva de un producto del Espíritu; de
la conciencia humana en Feuerbach, o de un producto material en Marx).
Si bien en Hegel la enajenación es siempre objetivación, en Feuerbach y
en Marx no puede decirse lo mismo. Ciertamente en Hegel toda
objetivación es Enajenación; en Feuerbach sólo se da esta última cuando
el hombre produce este objeto que es Dios. La objetivación es entonces
enajenación. Sin embargo, Feuerbach deja abierta la puerta a una
objetivación no enajenada: la que se daría en una verdadera relación
del hombre consigo mismo. El producto de la conciencia no sería ajeno,
extraño u hostil al hombre. Así sucedería al sustituir el amor a Dios
por el amor al hombre, el culto a Dios por el culto a la humanidad. En
Marx, la distinción entre objetivación y enajenación es capital: la
objetivación deja de ser enajenada cuando, al desaparecer la fuente de
la enajenación, el trabajo se convierte en verdadera manifestación del
ser del hombre (Sánchez Vázquez, 2003).
Finalmente, también son distintos los modos
de apreciar el valor de la enajenación; es positiva para Hegel, pues se
da en el proceso de autoconocimiento del Espíritu; es negativa,
destructora, para Feuerbach, ya que impide al hombre tener una
verdadera conciencia de sí, y es negativa también para el joven Marx ya
que empobrece al obrero como hombre tanto física como espiritualmente.
Sin embargo, en Hegel, como en Marx, habría un elemento de necesidad en
su aparición y desarrollo, ya sea para asegurar el proceso de
autoconocimiento del Espíritu (Hegel), ya sea para crear las
condiciones que hacen posible el paso a la superación de la enajenación
(Marx) (Sánchez Vázquez, 2003).
Para Marx el punto de partida en su análisis
sobre la alienación era el siguiente: “El obrero empobrece tanto más
cuanto más riqueza produce, cuanto más aumenta su producción en
extensión y en poder. El obrero se convierte en una mercancía tanto más
barata cuantas más mercancías crea. A medida que se valoriza el mundo
de las cosas se desvaloriza, en razón directa, el mundo de los hombres.
El trabajo no produce solamente mercancías; se produce también a sí
mismo y produce al obrero como una mercancía y, además, en la misma
proporción en que produce mercancías en general” (Marx, 1962).
Este punto de partida se da por medio de un
hecho económico, a saber: “Lo que este hecho expresa es, sencillamente,
lo siguiente: el objeto producido por el trabajo, su producto, se
enfrenta a él como algo extraño, como un poder independiente del
productor. El producto del trabajo es el trabajo que se ha plasmado,
materializado en un objeto; es la objetivación del trabajo. La
realización del trabajo es su objetivación. Esta realización del
trabajo, como estado económico, se manifiesta como la privación de
realidad del obrero, la objetivación como la pérdida y esclavización
del objeto, la apropiación como extrañamiento, como enajenación” (Marx,
1962). El trabajo del obrero queda plasmado en un objeto, el objeto da
vida a éste y por ese simple hecho ocurre lo siguiente: se realiza el
trabajo ya que se objetiva en algo extraño a él; y, al mismo tiempo, el
obrero se esclaviza al objeto ajeno a él, aunque producto de su
esfuerzo, y, por tanto, se enajena en él.
b) La alienación propiamente dicha
"El problema —escribe Marx— de si al
pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un
problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde
el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el
poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la
realidad o irrealidad de un pensamiento aislado de la práctica, es un
problema puramente escolástico" (Marx, 1955). Esto es, en la vida, en
la psicología, el criterio que prevalece y en donde nos damos cuenta de
lo que la gente quiere o demanda, es en la práctica. Ésta es el única y
verdadero criterio de verdad o, por lo menos el punto de partida para
acercarnos a la misma.
Al no poder explicar la economía política la
verdadera razón del divorcio entre capital y trabajo, no podrá tampoco
explicar 1a razón histórica de la alienación del trabajo, fenómeno que
tiene su raíz en la oposición capital-trabajo (dentro de la sociedad
capitalista).
Esto también se refiere a una crítica de las
relaciones sociales de producción: estas relaciones se perfilan como
un cuadro de contradicciones, patentes en el antagonismo de capital y
trabajo, o en su forma más concreta, hombre vs. mercancía;
contradicciones que la sociedad capitalista —y con ella la economía
política burguesa— sintetiza dialécticamente en ese engendro que Marx
llama "el hombre mercancía", donde uno de los opuestos reales ha
dominado al otro. "A base de la economía política misma y con sus
propias palabras, hemos demostrado que el obrero degenera en
mercancía..." "El obrero se convierte en una mercancía tanto más
barata cuantas más mercancías crea. A medida que se valoriza el mundo de
las cosas, se desvaloriza, en razón directa, el mundo de los hombres.
El trabajo no produce solamente mercancías; se produce también sí mismo
y produce al obrero como una mercancía y, además, en la misma
proporción en que produce mercancías en general". "Su producto [el
del régimen capitalista] es la mercancía consciente de sí misma y
dotada de actividad propia… la mercancía-hombre” (Marx, citado por
Sánchez Vázquez, 2003). Paradójicamente, al estar el obrero produciendo
mercancías, se genera el mismo como mercancía, lo cual posibilita un
estado de enajenación y la capaciadad de que el obrero pierda el
sentido de para qué produce y, por tanto, para qué está en este mundo
que sólo lo priva de ser él mismo.
c) Las determinaciones de la alienación
c.1 Primera determinación: la alienación del producto
La forma primaria de la alienación examinada
en los Manuscritos de 1844 es la alienación del producto del trabajo
con respecto al productor; esto es, la conversión de ese producto en un
alienum, un ente hostil, independiente, autónomo y extraño que se
coloca frente al productor como un poder antagónico cuya fuerza crece
en razón directamente proporcional al empobrecimiento del productor. Es
un proceso de alienación en dos sentidos: por una parte, se trata del
dominio del objeto sobre el sujeto, de lo inerte sobre lo vivo; por
otra, se trata del dominio de la criatura sobre el creador, del
productor. En la base económica de la sociedad capitalista, el producto
se llama mercancía, y el productor, obrero asalariado. La mercancía es
expresión del capital; el obrero es expresión del trabajo. El obrero
produce mercancías: el trabajo produce capital. La relación de dominio
en que las mercancías, a su vez, producen al obrero, y el capital al
trabajo. Mientras mayor sea el grado de desarrollo de la sociedad
capitalista, mayor será el grado de dominio de los productos sobre los
productores, hasta el punto de que toda la economía se basará en las
necesidades de los productos y no en las necesidades de los
productores. Tal es la formulación general de esta primera
determinación (Sánchez Vázquez, 2003).
Marx se expresa de la siguiente manera:
"...el objeto producido por el trabajo, esto es, su producto, se
enfrenta a él como una entidad extraña, como un poder independiente del
productor. El producto del trabajo es el trabajo mismo, cosificado y
fijo en un objeto: es la objetivacin del trabajo. La realización del
trabajo es su objetivación. En el nivel de la economía política, esta
realización del trabajo aparece como desrealización del trabajador, la
objetivación como pérdida y esclavitud respecto al objeto, la
apropiación como alienación, como expropiación...Hasta tal punto
aparece la apropiación como alienación que, mientras más objetos
produce el trabajador menos puede poseer y cae más bajo el dominio de
su producto, el capital...La expropiación del trabajador en provecho de
su producto significa no sólo que su trabajo se convierte en un
objeto, en una existencia externa, sino que su trabajo existe fuera de
él, independiente de él, extraño a él y se convierte un poder propio y
sustantivo frente a él, y la vida que ha infundido al objeto se vuelve
contra él, hostil y extraña" (Marx, 1962).
El ser humano viene a ser así una
materialización, una objetivación de la Idea: pero una objetivación
alienada, en el sentido de que se opone a la Idea de la cual se ha
desprendido o desgarrado. De esta manera, se concibe al hombre como
ontológicamente alienado; él, en cuanto objetivacin de la Idea, se
halla separado, alienado de ésta. Las repercusiones de un proceso como
el que se describe son significativas, sobre todo si se piensa en la
individuación de la persona.
Si la economía política no se fijase tanto
en "la riqueza de las naciones" como en la miseria de los productores
de esa riqueza, entendería que el secreto de las relaciones de
producción hay que buscarlo en la relación inmediata que existe entre
el trabajador y su producto —una relación de alienación— y no en la
relación mediata entre la producción y el disfrute de la misma. Pues,
como dice Marx, “el trabajo produce maravillas para los ricos, pero
produce privaciones y penuria para los trabajadores. Produce palacios,
pero aloja a los trabajadores en tugurios. Produce belleza, pero tulle y
deforma a los trabajadores. Sustituye el trabajo por máquinas, pero
condena a una parte de los trabajadores a entregarse de nuevo a un
trabajo propio de bárbaros y convierte en máquinas a la otra parte.
Produce espíritu; pero produce estupidez y cretinismo para los
trabajadores” (Marx, 1962). Podría agregarse que de todo lo producido,
también se genera pérdida de identidad, despersonalización, carencia de
sentido de vida.
c.2 Segunda determinación: la alienación de la actividad productiva
La primera determinación o postura de la
alienación del trabajo reveló un aspecto o "lado" de la misma,
resultante de la observación del fenómeno desde el punto de vista de
uno de sus componentes: el producto del trabajo. "Pero la alienación no
se muestra solamente en el resultado, sino también en el acto de la
producción, en el seno de la actividad productiva misma"(Ibid). La
alienación del producto consiste en que éste, desde el momento mismo de
salir de las manos del productor, es ya algo ajeno y hostil, una
mercancía, la alienación de la actividad productiva es la alienación del
trabajo mismo, esto es: la pertenencia a otro del trabajo propio, la
expropiación que de su trabajo, su actividad productiva, experimenta el
obrero. La alienación se manifiesta en que el obrero no trabaja para
sí, sino para otro, y en que lo hace constreñido a un salario que no le
cubre sino una mínima parte de su esfuerzo: la parte estrictamente
necesaria para su subsistencia como fuerza de trabajo. Su trabajo es un
alienum, algo que le es ajeno y hostil; incluso su salario es un
alienum, en cuanto es manejado por el capitalista para comprar esa
peculiar mercancía que es el obrero mismo en el mercado de trabajo, y
en cuanto el obrero se halla en absoluta relación de dependencia con
respecto al salario, ya que de éste depende su medio de vida, su vida
misma. Por todas estas razones, su propio trabajo le es extraño al
trabajador, se enfrenta a él como una actividad enemiga —pero
ineludible, forzada—. Y si en su evolución el animal ha llegado a ser
hombre gracias al trabajo, a la actividad productiva, con la alienación
de ésta el hombre involuciona hasta el punto de detestar el trabajo y
sentirse bien sólo en su actividad puramente animal: comer, dormir. Tal
es la fórmula general de esta segunda determinación (Silva, 1979).
Se trata, explica Marx, de otro modo de ver
el mismo proceso, pues "¿Cómo podría el trabajador enfrentarse al
producto de su actividad como a un alienum, si no se alienase ya de sí
mismo en el acto de la producción? El producto no es, al fin y al cabo,
sino un resumen de la actividad, de la producción. Si el producto del
trabajo es la enajenación, la producción misma tiene que ser la
enajenación activa, la enajenación de la actividad, la actividad de la
enajenación. En la alienación del objeto del trabajo no hace sino
resumirse la alienación, la enajenación de la actividad del trabajo
mismo" (Marx, 1962).
Obsérvese que la alienación se manifiesta en
el hecho de que todos los rasgos propios (en sentido económico, no
"ontológico") del trabajador se alienan de él, se le separan, pasan a
manos de otro o, en ciertos casos, se degradan:
La alienación consiste en que el trabajo le es externo al trabajador: no pertenece a su ser. Por tanto, el trabajador, en su trabajo, no se siente bien, no se afirma ni desarrolla su libre energía físico-espiritual: se siente mal, se niega y arruina su cuerpo y espíritu.
La alienación consiste en que el trabajo le es externo al trabajador: no pertenece a su ser. Por tanto, el trabajador, en su trabajo, no se siente bien, no se afirma ni desarrolla su libre energía físico-espiritual: se siente mal, se niega y arruina su cuerpo y espíritu.
El trabajador sólo se siente en sí fuera del
trabajo: dentro de éste, se siente fuera de sí. Fuera del trabajo
recobra su personalidad; dentro del trabajo, la pierde. Su trabajo no
es voluntario: es trabajo forzado.
El trabajo no representa para el ser humano la satisfacción de una necesidad propia: es sólo un medio para satisfacer necesidades extrañas a él; su trabajo no es algo propio suyo, no le pertenece: es propiedad de otro.
El trabajo no representa para el ser humano la satisfacción de una necesidad propia: es sólo un medio para satisfacer necesidades extrañas a él; su trabajo no es algo propio suyo, no le pertenece: es propiedad de otro.
El trabajador no se pertenece a sí mismo:
pertenece a otro; y el hombre-trabajador sólo se siente libre en sus
funciones animales: comer, dormir, procrear; en cambio, en sus
funciones humanas: trabajar, producir, transformar la naturaleza, se
siente como un animal. "Se humaniza lo animal, se animaliza lo humano".
Todos estos antagonismos, estos pasos de lo
propio a lo impropio, estas transferencias o alienaciones inherentes al
trabajo asalariado, se resumen en la fórmula magistral: la acción como
pasión; fórmula que se completa con estas otras, del mismo corte
estilístico: "la potencia como impotencia, la procreación como
castración, la propia energía físico-espiritual del obrero, su vida
personal —¿qué es la vida, sino actividad?—, como una actividad que se
vuelve contra él mismo, independiente de él, que no le pertenece. Es la
autoalienación, tal como antes se trataba de la alienación de la cosa"
(Marx, 1962). El estado de autoalienación saca al hombre sí mismo y lo
hace perder su libertad y responsabilidad.
c.3 Tercera determinación: la alienación del "ser genérico" del hombre
“Tenemos ahora —nos dice Marx— que extraer,
de las dos anteriores, una tercera determinación del trabajo alienado”.
Esta determinación es la que, feuerbachianamente, llama la "alienación
del ser genérico" del hombre, o de su "vida genérica" (Silva, 1979).
Hay que partir de que el hombre es un ser
histórico-natural, una sola unidad que puede contemplarse desde dos
perspectivas: la perspectiva del hombre como ser natural y la
perspectiva del hombre como ser social; o, lo que es lo mismo: el
hombre en su relación con la naturaleza y el hombre en su relación con
la sociedad. Son aspectos de una totalidad.
El hombre se ha creado a sí mismo
históricamente como ser social. Su relación con la naturaleza no pudo
convertirse en dominio sobre ésta sino gracias a enfrentarse a ella como
sociedad, como trabajo social. Esto puedeexplicarse de la siguiente
manera: "así como la sociedad produce ella misma al hombre en cuanto
hombre, es producida por él (...). La sociedad es la cabal unidad del
hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza,
acabado naturalismo del hombre y acabado humanismo de la naturaleza
(...). No sólo me es dado como producto social el material de mi
actividad —ya que en el pensador actúa incluso el lenguaje— sino que ya
mi propia existencia es actividad social; de ahí que lo que yo haga
por mí lo hago por mí, para la sociedad y con la conciencia que tengo
de ser un ente social. Mi conciencia general no es sino la forma teórica
de aquello de que la comunidad real, la esencia social, es la forma
viva, mientras que hoy en día la conciencia general es una abstracción
de la vida real y, como tal, se enfrenta a ella (...). Hay que evitar,
sobre todo, el volver a fijar la "sociedad", como abstracción, frente
al individuo. El individuo es el ente social (...). El hombre —por
mucho que sea, por tanto, un individuo especial, y siendo precisamente
este ser especial lo que hace de él un individuo y una real comunidad
individual— es también, en la misma medida, la totalidad. . ." (Marx,
1962).
El individuo es, en lo concreto, un ser
social. Su conciencia es la forma teórica de una comunidad real. Ahora
bien: cuando la "sociedad" se presenta como una abstracción separada
del individuo y hostil a él (tal como ocurre en la sociedad
capitalista), la relación se invierte, y entonces aquello que debería
ser la realización social del individuo se convierte en su
desrealización; la conciencia social se le enfrenta al individuo, y éste
siente su propia conciencia como algo extraño. Su genericidad como
hombre se le ha convertido en un alienum. Estas abstractas
formulaciones adquieren mayor concreción si relacionamos, como hace el
propio Marx, la "alienación del ser genérico" con las otras dos
determinaciones antes examinadas. En cuanto a la primera determinación
(alienación del producto), "el trabajo alienado, al arrebatarle al
hombre el objeto de su producción, le arrebata su vida genérica, su
real objetividad como especie, y convierte la superioridad del hombre
sobre el animal en una inferioridad, puesto que le arrebata su vida
inorgánica, la naturaleza" (Marx, 1962). Un poco antes nos había dicho
que el objeto del trabajo era la "objetivación de la vida genérica del
hombre". Desde la perspectiva del trabajo, adquiere mayor concreción y
referencia empírica la especulación sobre el ser genérico. A pesar de
todos los inconvenientes expresivos señalados, vemos que se trata, en
realidad, de una proposición económica. En lo que respecta a la
segunda determinación (alienación de la actividad productiva), "del
mismo modo, al degradar en simple medio la propia actividad, la
actividad libre, el trabajo alienado convierte la vida genérica del
hombre en simple medio de su existencia física" (Marx, Ibid.). La
actividad productiva es vida genérica en cuanto es "vida que crea más
vida"; la vida, toda la vida, es actividad, y la vida humana es
específicamente actividad productiva, actividad creadora de vida; pero
la alienación del trabajo convierte a la actividad productiva en vida
que sólo crea vida para el dueño del capital, en tanto crea muerte para
el productor: de ahí su desrealización, su desvalorización en cuanto
hombre, en cuanto género humano. La alienación del ser genérico del
hombre no es otra cosa que la degeneración del hombre (Silva, 1979).
La alienación del ser genérico del hombre se
nos presenta así, en el plano económico, como la alienación del
trabajo social, que es precisamente la medida de la alienación de los
productos del trabajo, en cuanto son mercancías. Si el valor de las
mercancías se midiese por la cantidad de trabajo individualmente
necesario para producirlas, entonces no habría una alienación
propiamente genérica, sino individual; pero aquel valor se mide por el
tiempo de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías.
Como veíamos a propósito de la alienación de la actividad productiva,
se trata de la alienación de una clase social.
c.4 Cuarta determinación: la alienación del hombre respecto del hombre
"Consecuencia directa", nos dice Marx, de
las tres determinaciones anteriores, es la alienación del hombre
respecto del hombre. Si el producto del trabajo se aliena o separa del
productor, es porque ese producto pertenece a otro; si su actividad
productiva misma está alienada, es porque es trabajo para otro; y si el
hombre está alienado de su ser genérico, es porque está alienado con
respecto a otro hombre. Las tres determinaciones anteriores suponen e
implican asi un cuarto punto de vista que los resume. "La alienación
del hombre, y en general toda relación del hombre consigo mismo, sólo
se realiza y se expresa en su relación con los demás hombres". Ahora
bien, es preciso preguntarse, o repreguntarse como hace Marx, desde el
plano más elemental y general de la alienación: ¿qué o quién es ese
otro a que hace referencia el concepto de alienación? La palabra misma
indica que se trata de un proceso en que algo que es de alguien
(producto, actividad productiva) pasa a ser de otro, de un extraño.
Ahora bien, tomando como ejemplo típico de
alienación el referente al producto del trabajo, Marx se pregunta: "Si
el producto del trabajo es algo ajeno a mí y se me enfrenta como un
poder extraño, ¿a quién pertenece entonces?" Igual con respecto a la
alienación de la actividad: "Si mi propia actividad no me pertenece y
me es ajena, forzada, ¿a quién pertenece entonces?" (Marx, 1962). La
respuesta a estas preguntas dará la clave de la cuarta determinación:
1) El otro a quien pertenecen mi producto y
mi actividad son los dioses. Tal sería el punto de vista religioso,
dice Marx, de los antiguos egipcios, hindúes o mexicanos, quienes
ponían sus principales producciones, los templos, "al servicio" de los
dioses; y hubiera podido añadir Marx: tal es el punto de vista, más
sutil, del cristianismo en su elogio de la pobreza de los humildes, en
su canonización de la pobreza. Pero los reales dueños de los templos son
los sacerdotes, a quienes no en vano llamaba Marx "los primeros
ideólogos"; y la Iglesia cristiana, por su parte, elogia la pobreza y
la predica siendo rica ella misma y hasta teniendo un Estado
"temporal". Entonces no son los dioses, ni Dios, sino los sacerdotes y
la Iglesia los dueños posibles; dueños que, por lo demás, no son sino
la expresión más antigua y persistente de la división del trabajo en
físico y espiritual. Pero busquemos otro tipo de respuesta;
2) ¿Será la "naturaleza" el verdadero dueño
de mi producto y de mi actividad? Marx responde: "¡Imagínese qué
contrasentido sería el que, cuanto más vale el hombre dominando la
naturaleza por medio de su trabajo y cuanto más superfluos van
haciéndose los milagros de los dioses, gracias a los milagros de la
industria, el hombre tuviera que renunciar, en gracia a estas potencias,
al goce de la producción y al disfrute del producto!" (Marx, 1962).
No son los dioses, ni la naturaleza. La
respuesta definitiva de Marx es ésta: ese ser ajeno a quien pertenece
el producto y lo disfruta, el dueño del trabajo, el que lo tiene a su
servicio, no es otro que el hombre mismo. Por eso había dicho antes que
toda alienación es, en su raíz, un fenómeno del hombre respecto del
hombre. Pensemos en los dioses: en la alienación religiosa se
enfrentan al hombre fuerzas extrañas, pero éstas sólo metafóricamente
son "dioses"; realmente, son los administradores de los dioses, los
hombres sacerdotales. Pensemos en la naturaleza: cuando el hombre la
trabaja, exterioriza u objetiviza su ser genérico, su ser humano
productor; pero éste sólo se aliena cuando otros hombres, en ciertas
condiciones históricas originadas por la división del trabajo y la
propiedad privada, "administran" aquel trabajo y se lo apropian,
despojando o expropiando al trabajador.
Por eso, la forma más general de expresar la alienación consiste en decir que se trata de la expropiación de un hombre por otro hombre; pero sólo bajo sus formas concretas —incluidas las formas ideológicas— puede analizarse científicamente la alienación. Estas formas concretas son económicas en su raíz. "En tanto el hombre no se reconozca como tal y no haya organizado el mundo humanamente, su comunidad tendrá la forma de alienación: sujeto de esa comunidad, el hombre es un ser alienado de sí mismo. Los hombres son esos seres alienados, no en la abstracción, sino en tanto individuos reales, vivientes, particulares. Tales individuos, tal comunidad. Decir que el hombre está alienado de sí mismo es decir que la sociedad de ese hombre alienado es la caricatura de su comunidad real, de su verdadera vida genérica; que su actividad se le manifiesta como un tormento, sus propias creaciones como una potencia extraña, su riqueza como pobreza, el lazo profundo que lo une al otro hombre como un lazo artificial y la separación con respecto al otro como su verdadera existencia; que su vida es el sacrificio de su vida; que la realización de su ser es la pérdida de su vida; que en su producción produce su propia nada; que su poder sobre el objeto es el poder del objeto sobre él; que, en fin, siendo dueño de su producción, aparece como esclavo de su producción". (Marx, 1962).
Por eso, la forma más general de expresar la alienación consiste en decir que se trata de la expropiación de un hombre por otro hombre; pero sólo bajo sus formas concretas —incluidas las formas ideológicas— puede analizarse científicamente la alienación. Estas formas concretas son económicas en su raíz. "En tanto el hombre no se reconozca como tal y no haya organizado el mundo humanamente, su comunidad tendrá la forma de alienación: sujeto de esa comunidad, el hombre es un ser alienado de sí mismo. Los hombres son esos seres alienados, no en la abstracción, sino en tanto individuos reales, vivientes, particulares. Tales individuos, tal comunidad. Decir que el hombre está alienado de sí mismo es decir que la sociedad de ese hombre alienado es la caricatura de su comunidad real, de su verdadera vida genérica; que su actividad se le manifiesta como un tormento, sus propias creaciones como una potencia extraña, su riqueza como pobreza, el lazo profundo que lo une al otro hombre como un lazo artificial y la separación con respecto al otro como su verdadera existencia; que su vida es el sacrificio de su vida; que la realización de su ser es la pérdida de su vida; que en su producción produce su propia nada; que su poder sobre el objeto es el poder del objeto sobre él; que, en fin, siendo dueño de su producción, aparece como esclavo de su producción". (Marx, 1962).
c.5 Quinta determinación: la alienación ideológica
La alienación ideológica aparece en los Manuscritos bajo tres aspectos:
a) La que se da en el terreno de la Economía Política,
entendida como ciencia que, alienada o alejada del espíritu científico,
suministra explicaciones ideológicas y encubridoras de los
verdaderos problemas económicos, entre ellos el de la alienación del
trabajo;
b) la alienación religiosa entendida como
una inversión de valores; c) la alienación de las necesidades,
consecuencia directa de la alienación productiva, entendida como
producción para las necesidades del mercado y no para las
necesidades humanas (Silva, 1979).
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