Desde la Antigüedad, numerosas han sido las figuras de mujeres
destructoras, malvadas, que han usado sus encantos para seducir y, de
paso, destruir a los hombres. La dualidad que identifica al hombre con
el bien y a la mujer con el mal ha estado siempre presente: en la
mitología grecolatina, poblada de sirenas, sibilas, brujas y hechiceras,
y en la tradición judeocristiana, que en libros como el Génesis y el Apocalipsis
relaciona a la mujer con la serpiente y la presenta como bestia o
prostituta. "El género femenino, en los albores de la humanidad no
desempeña otro papel, según testimonian múltiples pasajes, sino el de
encarnar la fuerza del mal" (González Ovies, 1994: 353). A la mujer se
la identifica con la astucia, la monstruosidad, la locura, y con el
empleo de artimañas y trampas para llevar al hombre a la destrucción.
Así, dada esta inclinación de las féminas al mal, al pecado y a la
debilidad, que les impide enmendarse, surgen toda una serie de castigos y
correctivos que hacen recaer sobre ellas el peso de la justicia –tanto
humana como divina-, con el fin de restablecer el orden y la moral.
El imaginario patriarcal ha representado tradicionalmente a la mujer
ciñéndose a la rígida dicotomía virgen-prostituta. Existía un tipo de
mujer pasiva, abnegada, sometida al varón, de rasgos angelicales, y otra
más orgánica, activa, fuerte y carnal, a la vez fascinante y dañina
para el hombre, que alcanzaría una de sus mayores expresiones en el mito
de la mujer fatal, que se desarrolla en el siglo XIX, como producto de
una época de grandes cambios sociales (Dijkstra, 1994; Volpatti, 1994).
Sin embargo, para hallar las raíces de este arquetipo hay que ahondar
mucho más, siguiendo el rastro dejado por una gran cantidad de
representaciones femeninas, a lo largo de toda la Historia del Arte y la
Cultura, que nos llevarán hasta el origen mismo de nuestra tradición,
allá en la Grecia clásica, fuente de la que bebe todavía hoy el
imaginario colectivo de nuestra sociedad (Doane, 1991).
Como señala Carmen Ramírez, la "debilidad física, la fragilidad moral y
la inmadurez ética coinciden en las distintas edades de la historia
pagana y de la sagrada, para identificar a la mujer con una figura
portadora del Pecado, e incluso asimilarla con el propio Mal" (Ramírez
Gómez, 2002: 225). El personaje mitológico de Pandora guarda similitudes
con la Eva cristiana (González Arias, 1998). Hesíodo la considera la
primera mujer, que fue enviada al mundo como castigo, después que
Prometeo robara el fuego del Olimpo para darlo a los hombres. Pandora
poseía una impresionante belleza y una excesiva curiosidad, que la llevó
a abrir la caja que le había entregado Zeus, con todos los males que
azotan al mundo. El psicoanálisis identifica simbólicamente dicha caja o
recipiente con la vagina (Casanova, 1979).
También en Grecia, la bella Helena dejó a su marido, Menelao, para huir
con Paris, hecho que originó nada menos que una guerra, cuando el esposo
despechado tomó Troya para vengar la afrenta. La hermana de Helena,
Clitemnestra, fue también una esposa adúltera, que mató a su marido,
Agamenón, para huir con su amante Egistro. Sin embargo, ambas mujeres
recibieron al final la muerte como castigo (Ciplijauskaité, 1984; Núñez
Puente, 2001).
También asesinó a su compañero Circe, sirviéndose de uno de sus brebajes
de hechicera, para reinar en solitario. Más tarde, tras su huida a
Italia, se dedicó a atraer y encantar a los marineros para robarles y
transformarlos en bestias. Un comportamiento similar se atribuye a las
sirenas, seductoras aves con cabeza y pecho de mujer, que con sus cantos
confundían a los marineros y los hacían chocar contra los arrecifes.
Según Pilar Pedraza, "[l]os cantos de las sirenas están cargados de
sentidos funestos, de invitaciones tanáticas, de acentos tumbales, y
son, como el de la Esfinge, engaños, anzuelos mágicos que tiende la
muerte a los hombres a través de un atractivo monstruo de rostro
virginal y corva garra" (Pedraza, 1991: 118). Otra extraña criatura,
Medusa, no destacaba por su belleza, sino por todo lo contrario. Su
cabellera estaba formada por numerosas serpientes y sus ojos lograban
petrificar a todo aquel que osara sostener su mirada.
Una famosa reina, Yocasta, se casó con su hijo Edipo sin conocer la
verdadera identidad de éste, pues creía haberlo matado cuando era
pequeño. Al conocer la realidad, lloró hasta quedarse ciega y más tarde
se quitó la vida. Tampoco escatimaba en maldades Hera, esposa de Zeus.
Ante las infidelidades de su marido, se mostraba celosa y vengativa con
las amantes de éste y con todo aquél que no se plegara a sus deseos. A
las Plétides, que decían superar su belleza, las hizo creerse vacas.
Otra hechicera, Medea, tras ser rechazada por Jasón para casarse con la
princesa de Corinto, se vengó provocando un incendio en el que murieron
todos los habitantes del palacio real.
Existía en Grecia una divinidad, Dionisos, que es considerada por
algunos como el primer dios hermafrodita, porque reúne a la vez rasgos
femeninos y masculinos. Es el dios del desorden, la irracionalidad, el
caos, los excesos, las orgías y borracheras, el goce, lo natural… Se
trataba de un dios social, pues en sus bacanales había sitio para todos,
incluidas las mujeres, que no gozaban de la condición de ciudadanas de
la polis. A ellas iban destinados los ritos dionisiacos; constituían su
séquito y eran sus sacerdotisas, las llamadas ménades o bacantes,
mujeres semidesnudas, con el pelo suelto adornado con pámpanos, que se
entregaban a la lujuria y la embriaguez en las orgías llamadas bacanales
(Daraki, 2005). Lo mismo hacían brotar de la tierra surtidores de leche
y miel que raptaban a niños y descuartizaban a hombres, como le
sucedió, por ejemplo, a Orfeo.
Pero si hay un ejemplo de feminidad perversa especialmente llamativo en
la mitología griega, ése corresponde a las Amazonas (Alfonso del Real,
1967). Descendientes de Ares, dios de la guerra, eran un pueblo de
cazadoras y guerreras, hasta el punto de quemar su seno derecho para
utilizar mejor el arco. Usaban a los hombres sólo en cortos periodos,
con el fin de procrear, y conservaban únicamente a las hijas, a las que
les imponían matar a un enemigo antes de casarse. Si nacían hijos
varones, les quitaban la vida o los mutilaban. Aparte de cubrir sus
necesidades reproductivas, los hombres sólo podían permanecer a su lado
como siervos. A pesar de su potencial guerrero, fueron derrotadas por
los atenienses, pues -como se puede notar hasta ahora- toda figura
femenina perversa merecía un castigo. Para Fernand Comte, "poco importa
que haya existido realmente ese pueblo de mujeres y que haya realizado
esos grandes hechos. Representa el sentimiento de culpabilidad de una
sociedad masculina, el miedo de una separación irremediable de sexo y / o
de una sumisión de los hombres a las mujeres" (Comte, 1992: 124). Jorge
David Fernández (2001) sitúa en el temor de los hombres hacia las
mujeres la causa del gran menosprecio con que éstas son tratadas por la
mitología, que las presenta como seres terroríficos, hecho que contrasta
con la situación real de discriminación que soportaban las mujeres
griegas.
El cristianismo, como hemos avanzado, no ha sido mucho más benévolo en
el tratamiento de la feminidad. La Biblia está plagada de mujeres que se
ajustan perfectamente al prototipo negativo al que nos estamos
refiriendo. Eva, la primera fémina creada por Dios según las Escrituras
cristianas, fue seducida por la serpiente, pecó al coger la manzana del
árbol prohibido y arrastró con ella a Adán. Como castigo, ambos fueron
expulsados del Paraíso por un enfurecido Yahveh, que condenó a la
serpiente a reptar y comerse el polvo el resto de su vida, auguró a la
mujer partos dolorosos y condenó el hombre a ganarse el pan con su
sudor. Sin embargo, la culpa recayó sobre Eva, quien la transmitiría a
todas sus descendientes. Así lo afirmaba San Jerónimo, uno de los padres
de la Iglesia: "La mujer es la puerta del Diablo, la senda de la
iniquidad, la picadura de la serpiente, en una palabra, un objeto
peligroso" (San Jerónimo, cit. en Bosch, Ferrer y Gili, 1999: 9). Ésta
será la base de la Iglesia para considerar malas a todas las mujeres y
para predicar su necesaria sujeción al varón, pues si bien el hombre
puede incurrir en otros pecados, la mujer es la única capaz de tentar, y
la tentación pertenece al Diablo. Ésta es la versión oficial, con la
que se pone fin al culto de la Gran Madre para dar paso a largos
milenios de represión femenina.
No obstante, la presencia de Eva parece muy anterior al establecimiento
del judaísmo. Eva era el nombre de la Gran Diosa Madre mesopotámica y
los judíos aún lo hallan escondido tras el nombre de YAHVEH: YHMH
procede de la raíz hebrea HWH y significa tanto ‘vida’ como ‘mujer’; en
caracteres latinos es E-V-E. Con la adición de una I, formaba la
invocación del nombre de la Diosa como Palabra de Creación, lo cual
había sido una idea común en Egipto y en otras regiones donde la Diosa
Madre estaba presente.
En el gnosticismo el papel creador no corresponde a Dios sino a Eva, que
hizo a Adán de sangre y arcilla; esto es, la Madre Tierra dio vida al
hombre. La versión que relata el nacimiento de Eva a partir de una
costilla de Adán sólo sería una transgresión patriarcal del mito de la
Diosa Tierra de la que nace el héroe, que vuelve a ella cíclicamente
para renacer de nuevo (Dini, 1995). Este mito es anterior al
cristianismo, que deriva de él. Adán y Eva han nacido de la Madre
Tierra, a la que regresarán. Según apunta Manuela Dunn Mascetti, en el
texto bíblico que relata la expulsión del paraíso existen pruebas de que
Yahveh Dios era sólo una manifestación del poder creador de la
serpiente (Dunn Mascetti, 1998: 171), símbolo tomado de otras
mitologías, en las que se convertía en esposo de la Madre Tierra y
juntos engendraban a todos los mortales (Banc, 1945).
El cristianismo privó a Eva de su poder creador y la convirtió en un
simple vientre para dar a luz a nuevos seres con dolor. El patriarcado
la hizo portadora sólo de la muerte y concedió el poder de resucitar a
un nuevo dios masculino. Así, el doble poder de la diosa terminó
dividido: la Iglesia relacionó a Eva con la muerte y el pecado, por lo
que todo el género femenino quedó maldito. Al Dios cristiano
correspondió la parte buena, la de traer la salvación al mundo. Así se
favoreció la actitud misógina o de desprecio hacia las mujeres en todos
los ámbitos de la vida, por parte no sólo de los hombres, sino también
de las propias afectadas.
Sin embargo, según las tradiciones judías, no fue Eva, sino Lilith
–adaptación del demonio babilónico Lilit o Lilu-, la primera mujer
creada por Dios (Bornay, 1996). Si Eva es la pecadora, Lilith –mezcla de
mujer y serpiente- puede considerarse la perfecta encarnación del
Diablo. La tradición judía cuenta cómo Dios la modeló exactamente igual
que a Adán, sólo que, en lugar de polvo, había utilizado suciedad y
heces. Lilith pronto se rebeló, e incluso se atrevió a demandar la
igualdad entre sexos, al negarse a colocarse debajo de Adán durante el
coito. No se dejó forzar y desapareció, libre, en el aire. "Su historia
parece encarnar los más profundos temores masculinos sobre la
impotencia, la debilidad y muy especialmente sobre la ‘desenfrenada’
sexualidad femenina, su afirmación y su independencia" (Bosch, Ferrer y
Gili, 1999: 14). Lilith escapó al castigo divino, convirtiéndose así en
la pionera de una "estirpe de diablesas" que logró sobrevivir. De este
modo, rameras, diablesas y mujeres antinaturalmente rebeldes son la
misma cosa, pues Lilith fue realmente el primer ejemplo de esa horrible
criatura que más tarde se llamará mujer "emancipada" (Bornay, 1990).
Fue la primera, pero no fue la última en causar problemas a los hombres.
Betsabé impactó con su belleza al rey David, que por ella cometió
adulterio y mandó matar a su marido. Para liberar a su pueblo, cercado
por los asirios, sedujo Judith a Holofernes y luego lo degolló. Dalila
utilizó sus encantos para reducir a Sansón, al que cortó el cabello,
origen de su fuerza. Otra mujer fascinante, Salomé, desplegó todo su
erotismo mientras ejecutaba la danza de los siete velos y así convenció a
Herodes para que matara a Juan el Bautista. También en el Nuevo
Testamento, aparte de la Virgen María, destaca por su protagonismo la
figura de María Magdalena, prostituta y prototipo de pecadora. Sin
embargo, en los últimos años, este personaje ha sido objeto de una
revisión, y hay quienes la designan como la compañera de Jesús y
heredera de su legado (Grahm Brock, 2003; Gómez Acebo, 2007; Bernabé
Urbieta, 1994).
Desde Lilith en adelante, la Iglesia no cesó de condenar a las mujeres
diabólicas, que osaron disponer libremente de su sexualidad y alcanzar
la independencia respecto a los varones. El Dios del Antiguo Testamento
decretó: "A la hechicera no la dejarás con vida". Sin embargo, los
primeros cristianos no se lanzaron a la caza de brujas; es más,
Carlomagno, en el 800, condenaba a muerte a quien matase a cualquier
persona por brujería; en el siglo XII el papa Gregorio IX prohibía a la
Inquisición perseguir a las hechiceras y durante la época medieval la
Iglesia declaraba que quien afirmase haber visto brujas volando sufría
alucinaciones. Fue a finales del siglo XIV cuando la Europa cristiana
empezó a verse invadida por una auténtica plaga de brujas, que se
convirtieron en objeto de persecución y tortura por parte de los
inquisidores. En 1648 la Iglesia declaró la brujería crimen exceptum,
por lo que se permitiría torturar a las acusadas antes del juicio.
Pocos años más tarde, el papa Inocencio VIII mandó a la Santa
Inquisición perseguir a las brujas, para lo que sería de gran utilidad
la obra Malleus Maleficarum (El martillo de las brujas), escrita
en 1487 por los monjes dominicos Jakob Sprenger y Heinrich Kramer, que
tuvo una rápida difusión gracias a la imprenta y se convirtió en el
manual de los inquisidores.
"Vinculadas con la danza, la noche, la naturaleza, la luna, la
sexualidad y la procreación, las brujas poseían todos los atributos que
previamente se le reconocían a la diosa" (Shlain, 2000: 472-473). Las
víctimas de la caza de brujas fueron en su inmensa mayoría mujeres, a
las que se les atribuían vuelos nocturnos, la capacidad de convertir en
animales a los humanos, etc. Solía tratarse de solteras o viudas de
avanzada edad, no sometidas a hombre alguno, de escasos recursos
económicos, y a veces excéntricas. Sus confesiones forzadas subrayan
especialmente las relaciones sexuales de las brujas con el Demonio, las
orgías obscenas, los bestialismos, aunque la realidad de esas mujeres
distaba mucho de las narraciones de sus perseguidores. Se trataba por lo
general de sanadoras o mujeres con influencia en sus comunidades,
mujeres "incómodas" y con una vida y unas ideas propias (Ehrenreich,
1988).
El hecho de que fueran casi siempre féminas las acusadas de brujería se
explica por su pretendida alianza con el Demonio, de quien se suponen
intermediarias, por lo que constituyen una importante amenaza para los
hombres, a los que se les recomienda evitar el contacto físico con
ellas, que podía acarrearles consecuencias nefastas, como enfermedades
venéreas, esterilidad, impotencia e incluso la castración (Grigulévich,
2001; Donovan, 1985).
La supuesta inferioridad física y mental de las mujeres las hace más
susceptibles de sufrir la influencia del Demonio. A ello hay que unir su
escasa memoria y su falta de disciplina, que las lleva a dejar de lado
el deber. Sin embargo, la maldad natural femenina brota sobre todo de su
lujuria insaciable, de su carnalidad, de su imperfección, pues la mujer
está hecha de la costilla de Adán. Es engañosa, malévola, peligrosa,
como una trampa, diabólica, según se afirma en el Malleus Maleficarum.
Las que se consideraban a sí mismas brujas creían tener poderes mágicos,
que empleaban fundamentalmente para realizar conjuros sobre temas
amorosos. Sin embargo, a estas mujeres se les atribuía también la
capacidad de realizar otro tipo de actos, inducidas por el Diablo.
Además, se condenó por brujería a curanderas, parteras, mujeres con
conocimientos de medicina natural o incluso simplemente con una forma de
vida no demasiado ortodoxa, lo que algunos autores atribuyen a un
intento de la incipiente comunidad científica y de la Iglesia de
terminar con la autoridad y la fe del pueblo en esas mujeres, para
fortalecer su propia posición.
Hoy en día los supuestos poderes atribuidos a las brujas pueden
explicarse por el empleo de estupefacientes, que podrían estar en el
origen de experiencias como la sensación de volar, o por ciertas
patologías o trastornos histéricos, epilépticos o alucinatorios. Sin
embargo, el temor y la escasa cultura de la población favorecieron la
propagación de falsas ideas acerca de la brujería, lo que dio lugar a la
persecución de esas mujeres por parte de la Inquisición, ante la
convicción de que rendían culto al Diablo. La Santa Inquisición, fundada
por el Papa Inocencio III en 1199, hizo las veces de verdugo e instauró
así un clima de terror en el que era obligatorio delatar a las
culpables, so pena de correr la misma suerte que ellas.
En toda Europa se realizaron ejecuciones masivas de brujas. En Italia,
entre otras muchas, destacan por su crueldad las de Brescia, donde en
1510 se dio muerte a 140 mujeres acusadas de brujería, y Como, donde
murieron unas 300 en 1514. También hubo grandes juicios en ciudades como
Berna, Toulouse y Heidelberg, donde ardieron las hogueras, o en North
Berwick y Aberdeen, ciudades en las que se prefirió el empleo de la
horca. La caza continuó en los siglos sucesivos. En Ellwangen (Alemania)
fueron quemadas casi 400 brujas entre 1611 y 1618. En Nüremberg se
llegó al colmo de la crueldad, al permitirse también la tortura de
mujeres embarazadas y niñas, por ser consideradas herederas potenciales
de las artes brujeriles de sus madres. La última ejecución oficial de
una bruja tuvo lugar en Polonia en 1782. En el clima de terror que se
instauró durante la época de la caza de brujas, "[l]a ancestral
sabiduría femenina –en la medicina y en otros campos- acumulada con gran
esfuerzo durante siglos ardió junto con las brujas" (Shlain, 2000: 482).
A partir del XIX, como consecuencia de la Revolución Industrial y de las
primeras reivindicaciones feministas, la misoginia alcanza cotas
elevadas en todas las manifestaciones artísticas. El progreso, la
modernización y la urbanización son causas de ansiedad para el sujeto
moderno. En las últimas décadas del siglo, el acceso de las mujeres a la
esfera pública, con el consiguiente alejamiento del modelo de feminidad
ideal, representada por el ‘ángel del hogar’, supondrá una nueva
amenaza para los varones, que ven así peligrar su posición de privilegio
social.
Se sigue aconsejando a los hombres estar alerta ante la tentación que
suponen los atractivos del sexo. El dominio masculino ya no se ejerce
mediante la fuerza física, sino en el terreno económico. Por ello, el
mayor peligro está personificado por la "mujer fatal" y sus variantes,
que puede inducir al hombre a cubrirla de joyas y lujos, llevándolo así a
la ruina.
Se recomienda al varón contrarrestar el contacto con las mujeres
mediante el ejercicio de otras actividades que refuercen su
masculinidad, como puede ser la caza. Mientras a la potencia masculina
se le supone un límite, a la mujer se la imagina dotada de un apetito
sexual insaciable, capaz de agotar al hombre. Surgen así una serie de
tabúes destinados a aplacar ese instinto sexual femenino destructor, que
amenaza con desestabilizar –mediante la astucia y la manipulación- los
pactos establecidos entre los varones, al provocar el enfrentamiento de
unos hombres con otros. Como señala Figes, es curioso que los hombres se
quejen de que las mujeres intenten todo el tiempo llevarlos a la cama,
"¿Y qué otras cosas se supone que puede[n] hacer la[s] pobre[s] para no
morir de tedio?" (Figes, 1972: 51).
La mujer fatal en literatura o en el arte, se representa una y otra vez
"como fuerza ciega de la Naturaleza, realidad seductora pero
indiferenciada, ninfa insaciable, virgen equívoca, prostituta que
vampiriza a los hombres, belleza reptiliana, primitiva y fatal" (Puleo,
1997: 170). Bram Dijkstra (1994) atribuye esa proliferación de imágenes
femeninas perversas en el arte de finales del XIX a la mezcla de
excitación sexual y miedo que suscita esa nueva mujer (Romero de Solís,
1997: 165). En esa época, el sujeto masculino occidental se ve amenazado
por las razas y clases consideradas inferiores, entre ellas las
mujeres, que, por su vinculación con la naturaleza, suponen un peligro
para la civilización. Así, el clasismo, el racismo y el sexismo
atribuyen a los individuos oprimidos los mismos rasgos de bestialidad y
sexualidad agresiva, en un intento de mantener su posición de dominio y
superioridad.
La razón, escribe Giuseppe Scaraffia (1987), transforma la realidad en
monstruos y, como consecuencia de las ansiedades y temores masculinos,
debidos a la diferencia sexual, se llega a una excesiva mitificación del
cuerpo femenino (Rivera Garretas, 1996). Además, en esa época están en
boga las teorías de Freud, que ayudan a justificar el sentimiento de
angustia ante la mujer, por el peligro de castración que ésta supone
para el hombre. Con el fin de someterla y neutralizar así la amenaza, es
necesario controlar la sexualidad femenina. Se impone, por tanto, un
prototipo de mujer piadosa, pasiva y sumisa, de rasgos angelicales,
confinada en la esfera del hogar y la maternidad. El modelo contrario,
el de la mujer orgánica, activa y sensual, que disfruta de los placeres
del sexo, se considera muy negativo. No hay que olvidar, sin embargo,
que la doble moral de la época llevaba a los hombres a casarse con
mujeres del primer tipo, por exigencias sociales, aunque luego acudían a
las del segundo para satisfacer sus deseos más carnales.
En el siglo XIX, los pintores prerrafaelistas se hicieron eco de esta
dicotomía, mostrando una especial fascinación por la mujer fatal, a la
que representaban con una belleza turbia, perversa, sensual y orgánica,
destructiva para el hombre; recuperaron historias mitológicas y bíblicas
para representar, por ejemplo, a Eva. Se trataba de mujeres activas,
vigorosas, fuertes y sexualizadas, que surgían en parte como respuesta a
la amenaza que suponía el incipiente -y marginal- feminismo de la
época. Otros pintores, como Toulouse Lautrec, Manet con su Olympia,
Edward Münch con su mujer vampiro o Gustav Klimt, representaron a
inolvidables prostitutas y mujeres sensualmente destructivas para el
hombre (Doane, 1981).
En la literatura del XVIII y primera mitad del XIX se encuentran ya,
según señala Scaraffia, imágenes precursoras de la mujer fatal, como Las diabólicas (D’Aurevilly, 1873); Manon Lescaut (Histoire de Manon Lescaut et du Chevalier Des Grieux, Abbé Prévost, 1885), cortesana de ojos negros; la Marquesa de Merteuil (Las amistades peligrosas,
Choderlos de Laclos, 1782), que usa a su ex amante como ejecutor de sus
maldades; Charpillon, capaz de jugar con el mismo Casanova (Memorias, 1790-1798); o la Cleopatra (One of Cleopatra’s Nights)
de Gautier, que ofrece a sus amantes una noche de amor para luego
provocarles la muerte (Cfr. Ramírez Gómez, 2002). No se queda atrás la Carmen
(1845) de Mérimée, perdición del soldado que por ella se hace
contrabandista y termina asesinándola, despechado, por sus
infidelidades. La historia de Salomé ha servido a Wilde (1893), Huysmans
(À Rebours, 1884) y Flaubert (Herodías, 1877) como inspiración de sus novelas, aunque quizás una de las más perversas sea Lulú, la protagonista de La caja de Pandora
(1902). El personaje creado por Wedekind destaca por su monstruosidad;
sin conciencia ni remordimientos, seduce y siembra la muerte a su paso.
El que la posee encuentra su perdición, y ella no se libra del
merecidísimo y mortal castigo. Tras rodearse de lujo gracias a sus
‘protectores’, acaba prostituyéndose y muere asesinada. En 1928, una
primera adaptación cinematográfica del clásico correría a cargo de G. W.
Pabst, bajo el título de Die Büchse der Pandora (La caja de Pandora).
Su actriz protagonista, Louise Brooks, se caracteriza por su erotismo y
su gran poder de fascinación. La película no está exenta de pinceladas
lésbicas.
Las fatales decimonónicas normalmente se caracterizan por su rostro
ambivalente, que les permite mostrarse como ángeles o demonios, según
las ocasiones. Provocan sentimientos de amor y odio al mismo tiempo. Su
seducción puede alcanzar tintes hipnóticos y privar a la víctima de toda
razón. Su mirada es fascinante, seductora y asesina, como la de Medusa,
hace sucumbir al hombre.
Las hay con rasgos infantiles, como la Eva (1873) de Giovanni
Verga. Emplean la seducción como un juego, en el que el hombre debe
seguir las reglas que ellas marcan. El cabello suelto es un elemento
transgresor y seductor; su belleza es imperfecta y a veces tiene algo de
andrógino, como la pelusilla sobre el labio superior; esto aterroriza a
los hombres, que fetichizan el cuerpo femenino en busca de algún tipo
de alivio. Otros encantos de esta fémina son sus movimientos felinos y
sus curvas sinuosas, envueltas en pieles, encajes y transparencias,
maquilladas y perfumadas, artificiales y misteriosas. Sin embargo, su
estética no siempre resulta de buen gusto, pues más bien son una
imitación vulgar de un modelo más refinado. Eso sí, muestran su cuerpo
sin pudor, se ofrecen como mercancía, como bailarinas o prostitutas. A
pesar de su disponibilidad, se entregan cada vez como si fuese la
primera, envueltas en un halo de inocencia y castidad. No en vano la
ambigüedad es uno de sus rasgos más característicos; la mujer fatal es
generosa y pérfida, fácil y a la vez inalcanzable; sólo la posee el que
se convierte en su esclavo. A pesar de su apariencia frígida, ofrece un
placer infinito.
Su posición es la de total dominadora; es ella la que elige y lleva las
riendas de la relación. Cuando el enamorado se le declara, la fatal ya
conocía sus sentimientos desde hace tiempo, por lo que se muestra
indiferente. Una vez rota la relación, ella vuelve a atraer al amante,
para seguir jugando con él. Los hombres se convierten así en "frágiles
marionetas", en "víctimas", pusilánimes y sin carácter, figuras
masculinas que abundan en la literatura de principios del siglo XX
(Alonge, 2005).
Precisamente en ese fin de siglo, también como consecuencia del progreso
industrial, surge un nuevo tipo de arte, el cine, que en sus comienzos
bebió hasta la saciedad de las fuentes literarias y pictóricas. El
arquetipo de la mujer fatal no tardó en ser absorbido por este nuevo
medio, que se convirtió en un terreno más que propicio para su
desarrollo y amplificación, y a ello contribuyó especialmente el culto
al star system (Paolella, 1967).
En sus primeros años de vida, cohibido por su moral puritana, Hollywood
se resistió a introducir figuras de mujeres seductoras y perversas, y
optó más bien por reivindicar el arquetipo contrario, el de la ingenua
inocente y frágil, encarnada por actrices como Lilian Gish. Fue en el
viejo continente donde en las primeras décadas del siglo XX empezaron a
surgir imágenes de mujeres frías, escandalosas, devora-hombres, y
fuertemente seductoras. Heredera de las destructivas féminas pintadas
por Münch o Klimt, el cine danés introdujo la figura de la vamp,
que "juega, no goza. Su seducción es perversa y su frialdad encandila y
esclaviza al espectador". Se trata de una "mujer-objeto hecha para el
placer […] cuyas características primordiales son el impulso destructivo
de sed de violencia y poder, además de provocar un desencadenamiento
fatídico" (Díaz Mateos y Mojarro Zambrano, 1998: 146). Una de las
primeras fue Asta Nielsen, la protagonista de Hacia el abismo (Urban Gad, 1910). El cine italiano, por su parte, presenta a la vamp
latina, la gran prostituta mediterránea, adornada con joyas y plumas
cual odalisca, lasciva y dominadora. En el país transalpino destacan las
grandes divas como Lydia Borelli o Fracesca Bertini, protagonista de Serpé
(Roberto Roberti, 1919). Convertidas en figuras míticas, llevaron a la
ruina o al suicidio a muchos de sus admiradores (Brunetta, 1979).
El cine norteamericano no tuvo más opción que rendirse ante la gran
popularidad de estas vampiresas y acabó importando el estereotipo
(Alsina Thevenet, 1993). Son mujeres de una sexualidad oscura y a veces
ambigua que, aunque no chupan literalmente la sangre a sus víctimas, sí
que los explotan sexual y económicamente hasta convertirlos en una
sombra de sí mismos. La primera vamp norteamericana fue Alice Hollister, en 1913.
Theda Bara, una de las más admiradas en Hollywood, fue publicitada como
"la mujer más perversa del mundo". Su nombre artístico, anagrama de Arab Death
(muerte árabe), fue escogido por la Fox, el estudio que la llevó a la
fama y la convirtió en la primera estrella prefabricada por la
industria, al teñirle el pelo de negro, restar unos cuantos años de su
pasaporte e inventarle una biografía llena de misterio y exotismo: se
suponía que había nacido en el Sahara, hija de un artista francés y su
concubina egipcia, algo que se alejaba bastante de la prosaica realidad.
En la gran pantalla dio vida a mujeres tan fatales como Carmen (Raoul Walsh, 1915), Salomé (J. Gordon Edwards, 1918) o Cleopatra (J. Gordon Edwards, 1917). Mae West representó a la vamp
cómica y Jean Harlow, provocativa, desenvuelta y de busto exuberante,
se convirtió en la primera heroína moderna. Del otro lado del Atlántico
llegarían Greta Garbo y Marlene Dietrich. La primera representa a un
tipo de mujer inaccesible, miseriosa y sensual. La segunda, lanzada por
Josef von Sternberg con El ángel azul (1930), pronto se convertiría en la personificación del deseo.
A partir de los años treinta, existen dos géneros dentro del cine
clásico que privilegian la aparición de este tipo de féminas oscuras,
tentadoras y destructivas para el hombre: el negro y el de terror
(Silver y Ursini, 2004). La mujer fatal o vampiresa encaja perfectamente
en el primero, que vivió su periodo más fructífero entre los años 30 y
50, y que nos ha dejado imágenes difíciles de borrar de nuestras
retinas, como la de Gilda (Gilda, Charles Vidor, 1946) quitándose su guante.
El cine negro surge como reflejo de los conflictos del siglo XX, marcado
por los vaivenes de la economía, la violencia y la lucha por el poder.
Este género tiene su germen en el periodo de entreguerras, en una época
de crisis social y económica, corrupción, injusticia, frustración, caos y
misoginia (Guerif, 1988). La ley seca impuesta en los años 20 favoreció
el enriquecimiento de la mafia, a la vez admirada y temida. Con el
crack del 29, lejos de hundirse, ésta se hizo aún más fuerte y amplió su
campo de acción al mundo de las drogas. El ciudadano medio se sentía
indefenso y amenazado por ese incremento del crimen organizado y por la
corrupción de los políticos; ante este panorama, la violación de la ley
se presentaba a veces como la mejor alternativa. El cine negro, con su
estética de luces y sombras, con su atmósfera opresiva y sus decorados
claustrofóbicos, encarna perfectamente el espíritu de esa época en que
el individuo, ante la falta de puntos de referencia moral a los que
aferrarse, angustiado, ve surgir el lado más oscuro de la naturaleza
humana.
En cuanto a la situación de la mujer estadounidense, la discriminación
es la nota dominante en los años 30. A pesar de su tímido acercamiento a
la esfera política, en el mundo laboral seguía estando limitada; sólo
podía ejercer ciertos trabajos y su sueldo era menor que el de los
hombres. A la altísima tasa de desempleo había que sumar la actitud del
Gobierno, que promovía medidas a favor del empleo masculino y en
detrimento del femenino. Crecía además la xenofobia ante la oleada de
inmigrantes, sobre todo italianas, que querían imitar en todo lo posible
a las norteamericanas. En este clima de crisis, floreció la
prostitución encubierta en burdeles y cabarets.
La Segunda Guerra Mundial trajo a los Estados Unidos una época de
prosperidad económica, junto a la afirmación del país como primera
potencia mundial. La URSS pasó a ser la principal amenaza durante la
Guerra Fría. Las vacantes dejadas por los soldados americanos durante la
contienda fueron cubiertas por las mujeres, que se incorporaron al
trabajo en todas las áreas. Sin embargo, tras la vuelta a la normalidad
se las forzó a retomar su papel como madres y esposas, entendido éste
como la única forma posible de alcanzar la felicidad. A pesar de la ola
de antifeminismo que invadió el mundo laboral, las mujeres ganaron un
poco de independencia aunque fuera en el vestuario, que empezó a ser más
cómodo y funcional, con una tendencia masculinizadora.
El cine negro de esa década se vio marcado por el Código Hays que, en su
intento por defender la moral, propició la ambigüedad; se incrementaron
la fatalidad y la criminalidad femeninas, así como sus ansias de
venganza, vicio y erotismo (Fernández Heredero, 1996). Muchas actrices
lograron el éxito internacional gracias a este tipo de papeles, como
Joan Crawford, por Rain (Lewis Milestone, 1932), o Heddy Lamarr por Éxtasis
(Gustav Machatỳ, 1933). Según Roberto Campari (1990), la guerra
propició la aparición de mujeres más diabólicas, que se presentaban a
los hombres como un mal sueño de los soldados que volvían del frente.
Durante la Segunda Guerra Mundial las vidas de muchos americanos
sufrieron un vuelco tremendo, que debilitó su masculinidad, mientras las
mujeres comenzaron a cuestionar las barreras tradicionalmente impuestas
por los muros del hogar y empezaron a perseguir el bien material,
intensificando aún más la amenaza que representaban para los hombres. Se
introdujo además la psicología como elemento importante en los filmes,
que se poblaron de psicópatas, cleptómanas, fobias, manías persecutorias
y fatales chifladas o enfermas mentales.
En los 50, una vez superadas las heridas de la guerra, los Estados
Unidos lideraban el mundo, con la seguridad que les proporcionaban el
crecimiento económico y el desarrollo tecnológico. De nuevo hay mujeres
que buscan un trabajo fuera de casa, para satisfacer su ansia
consumista, aunque el mensaje oficial sigue presionando para mantenerlas
en el hogar, donde -aseguran- hallarán su felicidad. En el plano sexual
hay una mayor tolerancia y apertura -aumentan las relaciones
extra-conyugales-, y un intento por incluir los valores femeninos en la
cultura patriarcal. Aparecen, sin embargo, nuevas figuras femeninas
consideradas negativas o amenazadoras, como la universitaria y la mujer
sola. En esa época de ruptura de la familia y los valores tradicionales,
la cultura patriarcal deja a la mujer al margen, la oprime para
suavizar la amenaza que ésta plantea al dominio masculino del mundo.
Toda muestra de independencia femenina se considera peligrosa; para dar
fe de ello, el cine negro presenta a mujeres depravadas, mentirosas,
asesinas, sexualmente activas, que deben ser eliminadas para evitar así
la destrucción del hombre (Santamarina, 1999).
El género negro es la expresión de las fantasías masculinas, que tienen a
la mujer como protagonista y objeto; se trata de una narrativa
elaborada por y dirigida al hombre. El lenguaje del cine dominante está
construido desde una óptica patriarcal que concibe a la mujer como
objeto de deseo, y como tal la presenta en pantalla, para ser observada y
proporcionar al hombre un placer escopofílico o voyeurista. El negro es
uno de los géneros en los que la diferencia sexual aparece más marcada,
y el cuerpo de la mujer se exhibe claramente como espectáculo. Laura
Mulvey (1975; 2001) se refiere a la distinción que hace el cine
dominante entre espectáculo, representado por la mujer, que detiene la
acción del filme, y narración, desarrollada por el hombre como sujeto
activo. Normalmente en el cine negro ese papel corresponde al detective o
investigador, que lleva el peso de la acción y es el encargado de
descifrar el enigma planteado por la mujer fatal.
A pesar de su condición de objeto sexual, el personaje femenino en el
cine negro desarrolla un papel importantísimo: gobierna su propio
destino, se muestra como dominadora en detrimento del papel sumiso que
tradicionalmente le corresponde; usa su sexualidad para lograr sus
objetivos, que normalmente tienen que ver con el poder y el dinero.
Incluso decide sobre su cuerpo, como en Que el cielo la juzgue
(John M. Stahl, 1945), donde la protagonista opta por abortar. La mujer
fatal, por tanto, es un elemento central de la intriga, y se aleja de
los típicos roles femeninos.
Si algo la caracteriza -no en vano le da su nombre- es la fatalidad, la
desdicha y la desventura que transmite al varón. Se presenta ante él con
un aspecto cautivador. A veces, como ya sucedía en la literatura
decimonónica, su apariencia angelical esconde un interior perverso que
ella se encargará de mantener oculto, hasta que estime oportuno
descubrirse, como ocurre en el filme Cara de ángel (1953), de
Otto Preminger. En otras ocasiones, su rostro pétreo e impasible, la
mirada penetrante que sale de sus ojos entornados, su larga melena, sus
curvas sinuosas y sus andares felinos la presentan como un volcán de
sexualidad y erotismo que arrasa por donde pisa, como Barbara Stanwyck
en Perdición (Billy Wilder, 1944). Además, ellas son conscientes
de ese poder y se enfundan en largos trajes de satén y lentejuelas, como
muñecas de lujo, objetos de culto y de deseo, dispuestas a atrapar en
sus redes a todo aquél que ose alcanzarlas con su mirada. Mary Ann Doane
(1991) ve ese exceso de feminidad que caracteriza a la mujer fatal como
una máscara con la que se opone al rol que tradicionalmente le ha
asignado la sociedad patriarcal. Para reprimir la amenaza de castración
que esta mujer supone para el hombre, el cine negro recurre al sadismo,
al placer que el hombre halla en investigar para descubrir el misterio
femenino y, de paso, darle su merecido castigo. Otra técnica es la de
negar la castración mediante el uso de objetos fetiches o la
fetichización del cuerpo femenino en su totalidad, y a ello contribuye
en buena medida el culto a la star, tan extendido en la época dorada de Hollywood.
Por el carácter trasgresor del género, en el cine negro la sexualidad
alcanza cotas elevadas. Flota en el ambiente, de un modo velado, sobre
todo en la época del código Hays. Cualquier objeto puede ser símbolo
sexual, como una pulsera en el tobillo o el bordado de un pañuelo. Sin
embargo, a partir de 1946 la moral se relaja y la fatal se destapa, se
desinhibe, y hace gala de su voluptuosidad. Posee una sensualidad oscura
e inmoral, y está cargada de símbolos fálicos, como las pistolas o sus
largas piernas.
Al ser un tipo de cine eminentemente ‘masculino’, los hombres proyectan
en él sus fantasías más profundas, sus deseos ocultos; la fatal es la
mujer que, en el fondo, a todo hombre le gustaría poseer, aunque el
prototipo femenino más aceptado socialmente sea otro bien distinto. Esta
mujer sexual representa, además, una gran amenaza para el género
masculino, pues al incorporarse masivamente al trabajo para cubrir el
vacío dejado por los hombres que luchan en el frente, su emancipación
comienza a verse cada vez más cercana; la mujer ocupa también durante
esa época el puesto del cabeza de familia, y empieza a luchar, aunque
sea de forma tímida, por sus derechos. Tenemos ejemplos de mujeres
liberadas, trabajadoras, que deciden librarse de sus maridos, en La dama de Shanghai (Orson Welles, 1848, protagonizada por Rita Hayworth) o Callejón sin salida (John Cromwell, 1947, con Lisabeth Scott).
La protagonista femenina del cine negro se presenta, por tanto, como
deseable pero a la vez fuerte y peligrosa, salvaje como una pantera; el
hombre tiene que controlarla y someterla para evitar ser destruido por
ella. No olvidemos que la mujer salvaje está íntimamente ligada a la
maga, a la hechicera, a la mujer con poderes sobrenaturales.
En el cine negro el amor es importante pero no imprescindible; cuando
existe suele ser por parte del hombre y está marcado por el machismo. La
familia tradicional no tiene cabida en este género, en el que las
mujeres contraen matrimonio para ascender socialmente y ven el amor como
un juego para manejar a los hombres. El amor implica sufrimiento y no
está exento de mentiras y crueldad; a veces incluso es algo patológico,
posesivo y turbulento. Según Nuria Bou, "Casarse es, para la femme
fatale, una manera de despistar –de alejarse, en este caso, de un
insidioso cuestionario-, de construir una nueva máscara: el hogar, para
la vampiresa, es una estructura de poder, un recinto para mejor urdir
nuevas estrategias y proteger sus armas" (Bou).
El sexo se trivializa y se emplea para saciar las ansias de riqueza y
poder que mueven a la mujer fatal. A ésta no le importa tanto el amor
como estar rodeada de lujo y joyas; la fatal goza con el dinero tanto o
más que con el sexo, pues la ambición económica es para ella lo que para
el hombre es la potencia sexual.
Para lograr el ascenso social esta mujer está dispuesta a entrar en el
mundo del crimen y los bajos fondos. No duda en eliminar a quien pueda
ser un obstáculo para sus ambiciones. Las hay que matan al marido para
quedarse con su dinero, por ejemplo en Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950), o mejor aún, convencen al amante para que realice el trabajo sucio. En El cartero siempre llama dos veces
(Tay Garnett, 1946), el amante de Cora (Lana Turner) mata al marido de
ésta y, además, el crimen queda impune. Otras asesinan o roban por
dinero o para servir al amante mafioso, pero llegado el momento lo
delatan sin piedad. Chantajean, engañan, traicionan incluso a su propia
familia; maltratan a la madre, le roban el amante, matan incluso al
marido de la hermana. Llegan a pactar con el enemigo de su hombre, pues
el amor, como ya se ha dicho, tiene un valor muy relativo en comparación
con elementos más materiales.
Su maldad no tiene límites; encarnan el pecado (son lujuriosas,
vengativas, iracundas, avaras, soberbias…) y la depravación más
absoluta. Son frías, insensibles, despiadadas, crueles, desleales. Se
rebelan contra la sociedad que les impone dedicarse al cuidado de los
hijos y la familia. Destruyen a los hombres pero también a cualquier
mujer que ose hacerles sombra. Según María Dolores Romero Guillén, estas
mujeres se caracterizan "por su poder seductor para transformar en caos
el orden aparentemente existente" (Romero Guillén, 2000). Encarnan lo
peor de la feminidad y poseen además cualidades masculinas (la ambición,
el materialismo, el gusto por el riesgo, la libertad, los vicios, la
egolatría…) que, aplicadas a la mujer, aumentan el temor que ésta
suscita en el hombre, entendido como "la posibilidad masculina de perder
prestigio, la libertad o la vida tras el calvario por la devoción hacia
una mujer cuya fatalidad le abrirá la plenitud de los sentidos"
(Belluscio, 1996: 145).
Nuria Bou destaca la importancia del imaginario marino y acuático en la
configuración de la fatal cinematográfica. No son pocas las que seducen a
sus víctimas junto al mar, como Lana Turner en El cartero siempre llama dos veces (Tay Garnett, 1946) o Jane Greer en Retorno al pasado
(Jacques Tourneur, 1947). Otras despliegan sus cabelleras sinuosas y
onduladas como un mar de aguas turbulentas, como es el caso de Coral
Chandler en Callejón sin salida (John Cromwell, 1947) o Barbara Stanwyck en Perdición
(Billy Wilder, 1944). Además de en las cabelleras, las ondulaciones
están presentes en los cuerpos, envueltos en satenes ajustados que
realzan sus curvas y sus movimientos sinuosos. La autora señala a la
Marilyn Monroe de Niágara (Henry Hathaway, 1952) como la primera en dejar atrás el negro para enfundar en un vestido fucsia sus carnes onduladas.
La mujer perversa del cine negro presenta distintas variantes. Por un
lado está la ‘chica del gánster’, su mantenida, que no es más que un
simple trofeo, un objeto de disputa entre los hombres, como Glenda
Farrell en Hampa dorada (Mervyn LeRoy, 1931). Está sometida pero
no goza con su opresor y por ello tiene que buscar el placer en otros
hombres. La ‘aventurera’, en cambio, es más activa, y mantiene con el
varón una relación de tú a tú, no se somete a él. Es su cómplice; lo
defiende y también lo humilla. No tiene miedo al riesgo y desafía las
normas socialmente aceptadas, cómo Ava Gardner en Forajidos
(Robert Siodmak, 1946). Sólo la muerte puede redimirla. La ‘lady dark’
es sensual y muy inteligente. Sabe bien lo que quiere, y juega con el
sexo y el amor para conseguirlo, como Mary Astor en El halcón Maltés
(John Huston, 1941). También es consciente del castigo que merece: la
muerte. La ‘bad-good girl’ o ‘chica buena metida en líos’ tiene un
aspecto dulce e infantil y buen corazón, pero la fatalidad se apodera de
ella cuando se alía con el delincuente, como le sucede a Marilyn Monroe
en La jungla de asfalto (John Huston, 1950). La ‘fatal’ con
mayúsculas es la que encarna todas las maldades, además de la seducción,
el riesgo, la actividad, la inmoralidad y la destrucción. Marta
Belluscio distingue, dentro de esta categoría, entre la ‘adúltera
asesina’, la ‘mala calculadora’ y la ‘ruin inefable’.
En estos filmes aparece también, aunque en mucha menor medida, la
variante contraria, el ‘ángel’, la mujer buena, pasiva, sumisa y
silenciosa, encerrada tras los muros del hogar, que ofrece al bandido la
posibilidad de redimirse y volver al buen camino. Esta mujer es incluso
capaz de dar su vida por la salvación del hombre. Hay además
esposas-víctimas asesinadas por el marido para quedarse con su fortuna,
hermanas incestuosas y depravadas, y madres pasivas, responsables de los
delitos de sus hijos.
Junto a estas mujeres desfila por las pantallas del negro toda una
galería de maridos sufridores y damnificados, detectives incorruptos que
sucumben ante este amor fatal, gánsteres y criminales de todo tipo,
misóginos y violentos, masoquistas que roban, matan y van a la cárcel
por una mujer, antihéroes de moral dudosa que se convierten en un
juguete en manos de ella, víctimas todos de esa mujer araña que los
atrapa en su tela, los esclaviza y los destruye.
Este elenco de personajes se mueve en ambientes turbulentos,
asfixiantes, como la atmósfera típica del género; frecuentan garitos,
burdeles, hoteles baratos, locales de juego clandestinos, prostíbulos,
comisarías y clubes nocturnos en los que la fatal desarrolla su
espectáculo. Como chicas de alterne, prostitutas, busconas, coristas…
acompañan su voz grave con gestos seductores y emiten cantos de sirena
que atraen y a la vez siembran el caos. En una escena inolvidable, a Ava
Gardner (Forajidos, Robert Siodmak, 1946) le basta con entonar
una canción al piano para hipnotizar cual sirena a un Burt Lancaster que
cae rendido a sus pies. Si la canción se enmarca en un espacio
típicamente femenino, el de la seducción y el lamento, la danza es la
"transposición del acto sexual". De hecho, hace ya siglos que permitió a
Salomé ver realizados sus deseos.
Cantando lo expresa todo, pero la fatal es parca en palabras; sus
diálogos son rápidos e irónicos; prevalece el misterio de su naturaleza
turbia y sospechosa, de su belleza inquietante y ambigua; no necesita
realmente hablar mucho, pues emplea, con ostentación, su cuerpo como
señuelo y ejerce una atracción fatal con cada detalle: con su voz grave,
su mirada pérfida, sus escotes sugerentes, su boca entreabierta
fumándose un pitillo, sus movimientos insinuantes. Hay que aludir de
nuevo a Gilda (Gilda, Charles Vidor, 1946), que sólo se quitó un guante pero encabeza la lista de los streapteases
más famosos de la historia del cine. El lenguaje fílmico juega también
un papel decisivo en la construcción de esa aura que envuelve a la
fatal, al filmarlas desde abajo, de modo que ellas aparecen en una
posición de superioridad respecto a los hombres, filmados desde arriba.
La mujer se muestra, además, centrada o en primer plano.
Según E. Ann Kaplan (1983), el patriarcado destruye a la mujer
independiente, que lucha por tener un discurso y una subjetividad
propia. La mujer fatal, como hemos comentado, destaca por ser no sólo
objeto sino sujeto; por ello, irremediablemente, debe ser castigada para
restaurar así el orden patriarcal. La mujer fatal se convierte en
víctima de la violencia masculina y en la mayoría de los casos paga con
su vida los pecados cometidos. Muere de todas las maneras posibles, la
traición y el adulterio jamás quedan impunes. Así el hombre elimina el
caos originado por la maldad femenina y restaura el orden. A las
espectadoras les ha quedado claro, sin duda, el tipo de papel que deben
desempeñar en la sociedad y el castigo que les espera a las que osen
transgredir las leyes patriarcales.
El mito de la mujer fatal en el cine vivió su época dorada entre los
años 30 y 50, aunque todavía hoy sigue vivo y no ha sufrido, a pesar de
los cambios experimentados por la sociedad, grandes variaciones. Desde
finales de los 50 y, sobre todo, en los 70, las relaciones entre hombres
y mujeres empiezan a mostrarse de un modo más directamente sexual, y la
generalización del color ha terminado con esas atmósferas turbias
propias del género negro en décadas anteriores. En los años 80 y 90 se
introducen nuevos elementos temáticos relacionados con el mundo del
crimen y la delincuencia, que actualizan las antiguas tramas de
gánsteres y corrupción. Sin embargo, sigue existiendo, como afirma Marta
Belluscio, "la mirada misógina hacia una hembra esculpida a la medida
del deseo, el odio y la fantasía de los hombres" (Belluscio, 1996: 36).
Filmes como el remake de El cartero siempre llama dos veces (Bob Rafelson, 1981), con Jessica Lange, Fuego en el cuerpo (Lawrence Kasdan, 1981), o Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992) son mucho más explícitos en el plano sexual. El principal protagonista de Fuego en el cuerpo,
aparte de los personajes que constituyen el triángulo amoroso, es el
miedo masculino ante la mujer liberada, desinhibida e independiente que
amenaza con invertir la situación de dominación de los hombres sobre las
mujeres, el temor que todavía suscita la sexualidad femenina. La
protagonista de Instinto básico es la perfecta reencarnación de
una mantis religiosa que devora al policía y hace que éste culpe a otra
mujer de los delitos cometidos por ella misma.
En los años noventa surgen, además, películas que retoman la temática del cine negro, pero en tono de parodia, como La chica del gánster (John McNaughton, 1993) o Pulp Fiction (Quentin
Tarantino, 1994), ambas protagonizadas por Uma Thurman, en una versión
renovada de la chica del gánster. La primera cuenta la historia de un
mafioso que, tras ser salvado por un policía, le presta a su chica
durante una semana como recompensa y ambos terminan peleándose por ella.
En la segunda, la actriz da vida a una cocainómana a la que su
protector envía con un amigo -interpretado por John Travolta- para que
la entretenga.
Ya en los albores del siglo XXI, la película Moulin Rouge (Baz
Luhrman, 2001) nos presenta a una mujer que se ajusta perfectamente al
prototipo de fatal, según la describen Díaz Mateos y Mojarro Zambrano:
"con una cabellera larga, abundante y rizada, muchas veces pelirroja,
con la tez muy blanca, y un aspecto muy seductor y voluptuoso" (Díaz
Mateos y Mojarro Zambrano, 1998: 145). Con un aspecto físico muy similar
al que describen estos autores, embutida en un conjunto de lencería
negra de encaje y cubierta por una bata transparente que deja entrever
sus curvas sinuosas, se presenta Satine –encarnada por Nicole Kidman-
ante el supuesto Duque, con la intención de seducirlo y acceder a sus
riquezas. Estamos ante una digna heredera de la clásica mujer fatal
–aunque, en este caso, de buen corazón- que maneja a los hombres a su
antojo y lleva al amante, como hiciera Eurídice con Orfeo, al mundo
dionisiaco del vicio y los bajos fondos de la sociedad. Si bien es
cierto que demuestra ser más sensible de lo habitual y que termina
enamorándose y renunciando por amor a la riqueza a la que aspiraba, esto
tampoco le da derecho a salvarse. No hay reinserción posible, la única
solución es la muerte.
Otro género cinematográfico que se caracteriza por contar con
inquietantes presencias femeninas es el de terror, que a partir de los
años treinta desarrolla una estética de la fealdad y se puebla de seres
monstruosos. Éstos suelen ser, casi siempre, de origen animal o, al
menos, de género masculino. De hecho, la mayoría de los autores abordan
las figuras femeninas en los filmes de terror en cuanto víctimas.
Sin embargo, también aparece todo un elenco de mujeres monstruosas,
maléficas, con una sexualidad agresiva, que a la vez seduce y
aterroriza. Son figuras activas, lo que no implica que se trate de
representaciones feministas. Estas imágenes de la feminidad, lo mismo
que las fatales, surgen como consecuencia del temor masculino ante los
nuevos modelos de mujer que brotan a raíz de los cambios sociales que se
dan en esa época.
Barbara Creed (1993) hace un recorrido por las distintas formas que adopta el monstruo femenino: éste aparece como bruja (Carrie, Brian de Palma, 1976), mujer poseída (El exorcista, William Friedkin, 1973), vampira (The Hunger, Tony Scott, 1983), madre ancestral (Alien, Ridley Scott, 1979), psicópata (¿Qué fue de Baby Jane?, Robert Aldrich, 1962), belleza asesina (Instinto básico, Paul Verhoeven, 1992), animal (La mujer pantera, Jacques Tourneur, 1942), castradora (I spit on your grave,
Meir Zarchi, 1978), etc. La autora, siguiendo a Julia Kristeva (1980),
argumenta que en la mayoría de los casos la representación de la mujer
como monstruo tiene que ver con su aspecto maternal y reproductivo.
Además, la concepción freudiana de la mujer como castrada ha dado lugar a
la representación de féminas castradoras.
Según Kristeva, la figuración del monstruo en los filmes de terror hunde
sus raíces en el concepto religioso de lo abyecto ("despreciable, vil
en extremo" según el D.R.A.E.), entendido como "inmoralidad sexual y
perversión; alteración corpórea, descomposición y muerte; sacrificio
humano; asesinato; el cadáver; residuos corporales; el cuerpo femenino y
el incesto" (Creed, 1993: 9). El abyecto se sitúa en un territorio
fronterizo: entre lo humano y lo animal, entre el bien y el mal, entre
lo natural y lo sobrenatural; en el límite que separa los roles
genéricos y el deseo sexual que se consideran normales para cada sujeto.
Ya en los años del mudo podemos encontrar las primeras representaciones
de mujeres monstruosas en el cine de terror. En 1922 Maren Pedersen da
vida a la protagonista de Häxan, un documental sobre la historia
de la brujería realizado en Dinamarca por Benjamin Christensen. Se trata
de un filme repleto de brujas, monstruos y ritos satánicos, del que ha
bebido toda la imaginería sobre brujas posterior. En Alemania, en 1927,
Henrik Galeen dirigió Mandragora, protagonizada por Brigitte
Helm. En esta película, un médico insemina a una prostituta con el semen
de un delincuente para engendrar a una niña que será la encarnación del
mal. En 1931, Vampyr, realizada por Carl Theodor Dreyer, se
sitúa en la frontera entre el cine mudo y el sonoro para hacer una
adaptación de varios relatos de Sheridan Le Fanu y cuenta la historia de
una bruja vampiro, que se convierte así en la primera de toda una serie
de vampiras cinematográficas.
El mito del vampiro tiene su origen en la leyenda de la condesa húngara
Erzsébet Báthory (1560-1614), acusada de ejercer la brujería y de
asesinar a cientos de muchachas para bañarse en su sangre y alcanzar así
la eterna juventud. Bram Dijkstra (1994) apunta a una creencia de la
época según la cual las mujeres se convertían en vampiros para recuperar
la sangre perdida durante la menstruación. Otros autores identifican la
mordedura del vampiro a una muchacha con la pérdida de su primera
sangre menstrual, tras lo cual la víctima se transforma y se llena de
vigor y energía.
La mordedura en el cuello es un acto íntimo y lleno de erotismo. Cuando
el vampiro es masculino, no suele ir ligada a connotación homosexual
alguna, pero en el caso de las vampiras, las tendencias lésbicas suelen
estar casi siempre presentes, al principio de manera más velada y, a
partir de los años setenta, abiertamente, coincidiendo precisamente con
el movimiento de liberación de la mujer, que hizo aumentar el miedo de
los hombres ante una sexualidad femenina cada vez más agresiva. Según
Creed, "[l]a de ‘lesbiana’ y ‘vampiro’ es una feliz combinación puesto
que ambas figuras son representadas en la cultura popular como mujeres
sexualmente agresivas" (Creed, 1993: 25).
Tras Vampyr (1931) de Dreyer, una de las primeras representaciones de la vampira la encontramos en La hija de Drácula
(Lambert Hillyer, 1936), filme en que Gloria Holden da vida a la
Condesa Marya Zaleska, gran aficionada a la brujería y a todo lo
esotérico. En 1960 el británico Terence Fisher dirigió Las novias de Drácula, obra mucho más explícita que las anteriores en lo sexual.
Dentro del género fantástico y de terror encontramos también otro tipo
de féminas monstruosas. En 1935, James Whale da a la famosa criatura de
Mary Shelley una compañera, en La novia de Frankenstein,
protagonizada por Elsa Lanchester. Es creada del mismo modo que él, a
partir de un cadáver, por lo que su belleza se sale de los cánones
clásicos, con un cabello encrespado y electrizado y canas prematuras.
En ocasiones la mujer se convierte en una fiera, como en La mujer pantera
(1942), de Jacques Tourneur, en la que la belleza felina de Simone
Simon sirve a esta actriz para interpretar a la perfección a una
diseñadora de origen serbio que cree transformarse en pantera ante
cualquier hecho que pueda encender su sexualidad. El tema fue retomado
en dos secuelas, The curse of the cat people (Gunther von Fritsch y Robert Wise, 1944) y El beso de la pantera
(Paul Schrader, 1981). También en los años cuarenta, destaca la
trilogía protagonizada por la bella mujer-gorila Paula Dupree, creada
por un científico tras transplantar a un simio glándulas femeninas.
Acquanette le dio vida en las dos primeras entregas, Captive wild woman (Edward Dmytryk, 1943) y Jungle Woman (Reginald le Borg, 1944), y Vicky Lane en la tercera, Jungle Captive (Harold Young, 1945).
En los años cincuenta surge un nuevo sub-género denominado por Barbara
Creed ‘cinema of lost women’, protagonizado por mujeres que, quizás como
una recuperación de las antiguas Amazonas, desean vivir apartadas de
los hombres. En Queen of Outer Space (Edward Bernds, 1955),
protagonizada por Zsa Zsa Gabor, tres astronautas llegan a Venus y
encuentran un planeta poblado sólo por mujeres vestidas con minifalda y
tacones, y gobernadas por una reina que odia a los hombres y desea
destruir la Tierra. En The She-Creature (Edward L. Cahn, 1956),
Marla English da vida a la ayudante de un hipnotizador que desciende de
un ancestral monstruo marino. Cuando su jefe la hipnotiza, se convierte
en un ser destructivo y asesino. Por último, en Voodoo Woman
(Edward L. Cahn, 1957), un científico loco quiere crear a una mujer que
ejecute por él sus planes asesinos, pero la idea se le va de las manos y
da vida a un monstruo al que es incapaz de controlar.
Además de éstas, siguen surgiendo otras muchas mujeres diabólicas. En 1955 Henri-Georges Clouzot dirigió Les Diaboliques,
filme protagonizado por Simone Signoret en el que dos mujeres se unen
para librarse de un hombre que es a la vez el marido de una y el amante
de la otra, mientras que esta última se alía con él para asesinar a la
primera. Dentro del cine de terror gótico italiano destaca Mario Bava,
con filmes como La máscara del demonio (1960), que cuenta la
leyenda de la bruja Asa, muerta en la hoguera. Su protagonista es
Barbara Steele, una de las mayores estrellas del género, que destaca por
expresar una perfecta conjunción entre el sexo y la muerte. La actriz, a
diferencia de las rubias elegidas por Hitchcock como protagonistas de
sus filmes, aporta una imagen inusual hasta entonces en el género: su
rostro geométrico, de grandes ojos negros, y su cabello moreno le
valieron para interpretar a mujeres malvadas y, a la vez, tristes y
sensibles.
Las protagonistas de ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich,
1962) no destacan por su belleza y sensualidad, sino más bien por su
fuerza, su locura y su perversidad. El filme se centra en la rivalidad
entre dos hermanas: Baby Jane (Bette Davis) se consagró como estrella
infantil mientras Blanche (Joan Crawford) permanecía en la sombra, pero
los papeles se invirtieron. Sin embargo, esta última, tras ser
misteriosamente atropellada, quedó postrada en una silla de ruedas y
ambas permanecen recluidas en la misma casa, donde sus odios y rencores
las someten a un enfrentamiento constante, a pesar de su mutua
dependencia.
La figura materna se perfila también como monstruo en potencia. Psicosis
(Alfred Hitchcock, 1960) presenta a la que Creed denomina ‘madre
castradora’, una madre posesiva y dominante en exceso que anula a su
hijo, quien se convierte, como consecuencia de ello, en un psicópata
asesino. En el caso de Carrie (Brian de Palma, 1976), es el fanatismo religioso lo que lleva a la madre a destruir a su hija. En un filme más reciente, Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987), el deseo edípico de tener un hijo y un marido conduce a su protagonista a la psicosis más extrema.
Todas estas imágenes de monstruosidad femenina, lo mismo que las
fatales, no son sino la expresión del miedo de los hombres ante la
mujer, sobre todo en épocas en que ésta empieza a desmarcarse del rol
que la sociedad patriarcal le tiene destinado. La construcción de esa
feminidad monstruosa es fundamental para el mantenimiento del orden
social masculino. Por tanto, la creación de un nuevo imaginario se
perfila como crucial para destruir dicho orden y crear uno nuevo, en el
que sí tengan cabida las necesidades y los deseos de las mujeres reales.
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